Siento que, poco a poco, recupero mi brillo. Y no tiene que ver con la estética, sino con la energía. Es curioso: no es algo de lo que yo esté pendiente, no es algo que alimente mi alma, pero vaya que la acaricia. Me asombra cuando alguien se toma la molestia de decirme que me veo bonita o que mi estilo es increíble; me asombra porque yo no conecto con envoltorios, sino con personalidades.
Pienso que es la dopamina. El año pasado, por estas fechas, iniciaba una historia que me hizo volar y me devolvió un brillo que no tenía desde hace siglos. Pero luego me apagué. Casi me hundí.
Muchas veces he hablado con mi hermana sobre el momento en que se me zafará ese tornillo que veo flojo en casi todas las mujeres de mi familia. Tenemos a la esquizofrénica, a la mártir, a la fanática, a la que se "desenchufa", a la ansiosa… ¿Y yo? Le pregunté una vez: “¿Cómo me llegará la locura a mí?”.
La respuesta me alcanzó un día de tráfico, cuando ya no lloraba por las ilusiones rotas. De pronto lo entendí: esa es mi locura. Poner toda mi ilusión en el aire. Desmoronarme, una y otra vez, por lo que no fue. Buscar consuelo en el lobo que hiere.
Luego llegó el susto de ver mi cara gris en el espejo. Extrañé la sensación de felicidad que me daba aquella ilusión; porque, independientemente del físico (que estaba en su peor momento), entonces me veía radiante.
Ahora que patino, noto que siempre sonrío.
Es un enfoque distinto al que experimenté hace tiempo haciendo downhill en bicicleta. Bajando aquella montaña sin frenar, a riesgo de partirme los dientes, me di cuenta de que iba carcajeándome. Era una mezcla de nervios y adrenalina pura. Recuerdo haber pensado: “Si me caigo, me quedo sin dientes de tanto sonreír; debo cerrar la boca”. Pero era un acto inconsciente. Al final reí de solo imaginarme embarrada en el suelo y chimuela, pero con la satisfacción de que “lo paseada” nadie me lo quitaría.
Lo mismo me pasa en los patines. A veces hay miedo, especialmente en los descensos donde tomas una velocidad que te garantiza el desastre si algo sale mal. Yo sonrío con miedo, pero también con una felicidad genuina. Y tal vez, solo tal vez, porque me falta condición y respiro por la boca.
En la última práctica me caí dos veces. En el segundo descenso me sentí insegura; no sé si quise frenar o si el cuerpo dudó, pero rodé como un stuntman en película de acción. Fui muy consciente de cada vuelta, del golpe en mi brazo ya lastimado y del suelo pasando frente a mis ojos. Cuando por fin paré, solté una carcajada. Me sentía ridícula y magnífica a la vez. Seguía riendo sentada en el suelo cuando vi a los demás corriendo hacia mí, gritando: “¡Tranquila, tranquila! ¿Estás bien?”.
Debieron ver mi cara de psicópata. Me levanté como un resorte, les dije que estaba bien y, sin dejar de reír, subí la pendiente para volverme a lanzar.
La segunda caída fue por el ride. La mayoría se agarraba de un coche para subir la cuesta. Desde el inicio el sentido común me dio una cachetada: “Esto es peligroso”. Pero como de cordura cojeo, me sujeté del carro en una de esas en las que yo subía jadeando y estuvo cerca para tomarlo. Eso sí, me sujeté de la cajuela, lejos de las llantas, por si acaso. El profe debió verme la cara de terror. Durante el recorrido me vigiló sujetado de un costado y dándome instrucciones:“¡Marca más la tijera! ¡Viene alcantarilla! ¡Piso feo!”. Yo miraba el suelo casi mareada por la velocidad, hasta que una llanta se encajó en una hendidura. El pie empezó a temblar. Pensé:“Si no me suelto, el carro me arrastra”.
Me solté. Rodé otra vez, sintiendo cómo mi nuca se estrellaba en el pavimento. Me quedé acostada con los brazos abiertos, mirando el cielo, y sonreí. Luego la carcajada de nuevo. Me levanté para seguir. Solo pensé: “Qué bueno que esta vez sí me puse la bacinica en la cabeza, aunque no me vea fashion ni luzcan mis chinos locos al aire”.
Durante un descenso, las sensaciones son increíbles. El sonido de los valeros dándolo todo, como si sacaran chispas; el viento zumbando en las orejas; la vibración que hace flaquear los pies; la incertidumbre de un perro o un bache. Pero cuando todo pasa, queda la libertad. El poder de haberlo logrado.
Al regresar de la práctica, les di un aventón a un@s amig@s que no se habían animado a bajar. Reían diciendo: “Hoy aprendimos dos cosas: a echar porras y a caer con estilo”. No entendí a qué se referían hasta que una de ellas añadió:
—Lo que más te admiré es el porte. Bajabas con una sonrisa de oreja a oreja. La caída, cómo te levantaste… No sé... en tu cara hay felicidad genuina. La sonrisa te llega a los ojos; no se ve...
—¡Pánico!, como en mi cara—interrumpió otro.
Estallamos en risas y más cuando les advertí que debía controlar mi sonrisafranca para no quedarme sin dentadura en la próxima rodada.
Ahora comprendo que aquel brillo del año pasado ya no depende de nadie; esta vez surge de mí. De vencer el pánico y el sudor frío, de estar en rutas intermedias en solo dos meses, de agradecer el impulso de cada roller en el camino.
Aquella ilusión demoledora ya no me habita; ahora me habita el satisfacción de lograr montar en los patines retomando (y superando) las habilidades que tanto añoraba de cuando era niña, la velocidad y la certeza de que, aunque ruede por el suelo, siempre me voy a levantar riendo: con estilo, como dicen.
:D