Esta fue una semana pesada, de esas que exigen estar enchifliza y en alerta máxima. He de confesar que estoy disfrutando muchísimo este nuevo rol; cada vacante es una aventura. Me resulta profundamente satisfactorio ver una posición cubierta con "la persona idónea".
Alguna vez llegué a decir que mi corazón de pollo no serviría para el área de RH. Pensaba que yo nunca podría despedir a alguien, o que le daría trabajo a cualquiera. Recordé mis tiempos de call center, cuando estaba en capacitación y pasaba a todo mundo, aunque reprobaran los exámenes. Pero me equivoqué... en RH he aprendido a sancionar sin titubeos las faltas irreparables. También he aprendido a rechazar candidatos que no embonan con la cultura... Jium! Y sin remordimiento alguno.
Ayer, durante un curso de Prevención de Violencia Laboral, se me apachurró un poquito el corazón. No por el tema en sí, sino por el formulario de registro. ¡Madres! Llegué al último rango de edad disponible: de 45 en adelante. Todos mis compañeros estaban marcando las casillas anteriores. Habia dos que tres compañeritas contemporáneas, pero todavía no llegábamos a sus turnos: Ya soy la viejita del grupo, pensé.
No me había dado el espacio para romantizar esta edad ni mi reciente cumpleaños, que genuinamente fue el más bonito de mi vida. A mí, que me chocaba ser el centro de atención, este año me dejé celebrar con una rodada temática y pelucas moradas. Ver a tantos amigos caracterizados acompañándome —hasta Piqué estuvo ahí— fue mágico. Cero incomodidad; me sentí plena y absolutamente feliz.
Y justo con estos 45 años recién estrenados, me doy cuenta de que, a veces, caminamos parándonos frente a fachadas que alguna vez nos parecieron familiares y, por puro instinto, levantamos el puño para llamar a la puerta. Lo hice, deslicé pedazos de mi historia por debajo de una cerradura equivocada, compartiendo temas importantes con quien yo ya sabía que no tenía la capacidad de recibirlos. ¿La respuesta? Exacto lo que esperaba: un vacío adornado de silencios y distancia.
Cómo la vida es una maestra infinitamente paciente. Me ha dejado rasparme los nudillos tocando en las puertas incorrectas una y otra vez... hasta que por fin aprenda la lección. No se puede pedir refugio en casas abandonadas, ni esperar respuestas profundas de quien solo ofrece cortesías huecas. A ver si un día aprendo que entregar vulnerabilidad a quien no sabe qué hacer con ella, no es un acto de fe, sino un desperdicio de energía.
Pero el universo tiene un sentido del humor maravilloso y un sentido de la compensación aún mejor. Mientras yo perdía el tiempo buscando orientación en el código postal equivocado por un enredo de trámites, otra puerta —una muy antigua y de roble macizo— se abrió de par en par. Alejandra, mi mejor amiga de la preparatoria y ahora flamante Notaria, tomó ese nudo burocrático que llevaba años asfixiándonos y lo deshizo con la gracia de quien respira. Dos minutos le tomó. Lo que en otras puertas fue evasión, excusas y falta de tiempo, en la suya fue resolución absoluta, cálida y sin esfuerzo.
Lo veo. Las puertas correctas no exigen rogar por atención ni mendigar claridad; simplemente se abren y te aligeran la carga.
Siento el corazón tranquilo y una sonrisa enorme porque en quince días volveré a verla. Me sentaré frente a esa mirada que me conoce desde antes de que el mundo se volviera tan complejo. En nuestro último contacto, reímos a carcajadas recordando aventuras de la prepa, y aunque fuimos interrumpidas por la dinámica de la vida real ("ahorita no te sientas triste, mami está ocupada chismeando", se escuchó por ahí), me di cuenta de que las cosas no han cambiado tanto. Seguimos riendo igual, solo que con un nuevo tono.
Te extraño tanto, mi megarimbombante amiga. Pronto nos vemos para ponernos al tanto, darnos un abrazo y seguir riendo. Prepárate para el cartononón de tu vida.
