Hace unas semanas me invadió un caos absoluto, una de esas
rachas de locura que no sentía desde hacía mucho tiempo. Fue como si la vida me
hubiera puesto de golpe un freno de mano. Me sentí inmensamente perdida… casi
desesperada, casi desolada.
Se acumularon pérdidas de todo tipo: materiales,
administrativas, digitales y, la peor de todas, física. Volví a destrozar mi
celular, perdí mi lámpara mágica y mis audífonos nuevos en ruta, mi horario de
trabajo cambió a modo esclavitud, perdí el dominio de mi página y, como
estocada final, me esguincé el pie patinando.
Ahora, con el paso de los días y
la cabeza más fría, entiendo que todo aquello fueron pausas necesarias. Hacía
falta calmar la Viruelaloca que se alimenta de mi insomnio. La vida me obligó
a descansar y a recordar el milagro que implica mover un solo dedo. Es terrible
descubrir la vulnerabilidad de no poder desplazarte… y más terrible aún sentir
el miedo paralizante de no volver a patinar.
El estruendo
Todo empezó con el esguince.
Iba en ruta, esperando un
semáforo sobre un piso infame. Perdí el equilibrio y, en ese segundo eterno,
arañé el aire intentando salvarme hasta que terminé cayendo sobre el tobillo
doblado. Escuché un crujido seco, brutal. El sonido fue tan horrible que, por
un instante, imaginé lo peor: ya me veía con un hueso atravesándome la piel.
Después descubrí que no tenía ni un rasguño… salvo el pulgar
aplastado por mi celular roto contra el pavimento.
No pude levantarme sola. Uno de los niños del Staff me ayudó mientras el grupo seguía avanzando. Y entonces apareció un amiguito... lo vi como Clark Kent al rescate.
El niño del Staff insistía en quedarse
conmigo para que Clark Kent alcanzara al grupo. Yo siento que casi los corrí a los dos;
necesitaba desesperadamente quedarme sola para llorar. Estaba muy adolorida... pero más aún, estaba aterrada.
Aunque, si soy completamente
honesta, en medio del dolor, sentí una chispita cuando vi aparecer a Clark Kent entre la nube de polvo que levantaban los coches sobre la avenida en
mantenimiento. Fue una imagen cinematográfica. De verdad.
Y sí… Clark Kent podría convertirse en un personaje importante. Bueno, ya lo es. Es coqueto y poeta. Como me gustan. Jaja. Quizá esa termine siendo una de esas historias que disfrute contar. O quizá no. Tal vez esta vez sí aprendí la lección y no permita perder una potencial gran amistad por perseguir un sueño bonito. Y fantasioso. E idiota. E infame. Y completamente gilipollas. Y putoelquelolea. Mucho menos si se trata de alguien que patina… y encima en los mismos clubes.
Aunque pensándolo mejor, la
historia de Clark Kent es hermosa exactamente donde está ahora. Ypuntofinal.
Volviendo a la escena dantesca: después
de que no me pude levantar, Clark Kent y el niño del Staff me ayudaron a sentarme lejos del arroyo vehicular, me
quitaron los patines. Moví los pies e incluso conseguí caminar descalza,
probablemente impulsada por la adrenalina… o más bien, por la urgencia de convencerlos de que se
fueran para poder romper en llanto.
Ya sin ellos, sentí encima toda
la soledad del mundo, casi con arrepentimiento. Seguía cubierta por el polvo
que se me pegaba al pelo y la cara sudada… tanto que mi cara se sentía más bien como una lija bajo mis dedos.
Creo que sollocé un poco.
No pude romper en el llanto histérico
que tenía en el fondo del alma porque me interrumpieron, en distintos momentos, dos
borrachitos que pasaban por ahí.
—Ah, bueno —dijo.
Pensé que había seguido su camino.
Unos minutos después, el segundo borrachín me preguntó si estaba bien, si iba con el grupo de patines. Entonces el primero
gritó desde lejos:
—¡Es que se cansó, pero ya vienen por ella!
Por fin acompañada, sentí que lloré contra un bloque de
hielo. Creo que nunca ha sabido reaccionar ante mi dolor. Es curioso. Creo que verme desgarrada, casi en crisis, lo asusta. Está acostumbrada a verme en modo UltraPowerOn.
El diagnóstico final fue un esguince de segundo grado.
Hoy
es el día dieciséis y aquí estoy: lista para volver a intentarlo.
La calma después de la tempestad
Curiosamente, el resto de las piezas comenzó a acomodarse
poco a poco.
En el trabajo llegaron cambios muy positivos: como dije, un
nuevo horario… nuevos horizontes y el reto de liderar a un equipo de diez niñxs
increíbles.
Incluso en el terreno digital —donde el caos también hizo
estragos— las aguas comienzan a volver a su cauce. Después de meses peleando
con errores de DNS y trámites interminables, por fin estoy a punto de recuperar
mi página. Ha sido una batalla larga para rescatar este rincón, pero regresar a
casa —a mi propia dirección en internet— se siente como una victoria
profundamente necesaria.
¿El celular? Sobrevivo gracias a algunos “esqueletos” tecnológicos, aunque pronto estará solucionado el tema. ¿Los audífonos? Volví a los anteriores. En realidad, me gustaban más, sólo reviso lo del cargador.
A veces la vida tiene que darte una sacudida violenta para
recordarte el valor del suelo que pisas.
Y hoy, a pesar de los tropiezos, me siento plena. La vida ha sido buena conmigo. Tengo muchísimo que contar. En resumidas cuentas en este momento soy profundamente feliz.
El mundo es tan pequeño…
Últimamente la vida se ha empeñado en sorprenderme. Personas que creía perdidas en otro tiempo, en otra versión de mí, aparecen de pronto, como si nunca se hubieran ido.
Y qué extraña forma de felicidad esa: la de reconocer a alguien que regresa y sentir que algo dentro también vuelve a su sitio.
Sigo maravillándome de lo breve que puede ser la distancia entre unos y otros, de esos hilos invisibles que nos conectan sin que lo sepamos. Y, al mismo tiempo, me asombra lo contrario: cómo alguien puede estar tan cerca —casi al alcance de la mano— y, sin embargo, alejarse tanto que pareciera que dio la vuelta al mundo para quedar justo al otro lado, de espaldas... en sentido contrario.
Sin volver a vernos... sin encontrarnos.
Hasta que el mundo, pequeño como es, decida cruzarnos otra vez.
O no. Nunca será lo mismo.
Y me alegro.
En diciembre del año pasado conocí a una chava de patines. Quedamos de vernos en Tlaquepaque para unas cosas, y terminamos hablando por horas. Me cayó increíble. Tenía algo familiar… como la vibra de mi amiga Palillo, del call center.
Me parece tan linda, tan transparente, tan poderosa...
Hace poco, entre mis amiguitas y yo, descubrimos que está saliendo con otro amigo. Justo ese que nos confesó que anda de explorador, curando el corazón roto. Y pensé: claro… el mundo es muy pequeño. Y más el mundo sobre ruedas. Un Beverly Hills 90210 cualquiera.
“Confirmo”, me dijo.
Tal vez con un hilo negro, simbólico, atada por fuera del mundo roller… porque lo quiero limpio, ligero, lleno de buena vibra.
Ya había contado una vez que hace milenios, una amiga me habló de dos ideas que, en apariencia, no tienen nada que ver: los grados de separación y el hilo rojo del destino. Durante mucho tiempo las entendí como conceptos distintos; ahora pienso que, en realidad, son dos formas de explicar la misma obsesión humana: la necesidad de encontrar sentido en a quién encontramos… y por qué.
La teoría de los grados de separación plantea que cualquier persona en el mundo está conectada con otra a través de una cadena corta de intermediarios. Es una idea casi consoladora: el mundo no es tan grande, no estamos tan solos. Siempre hay un camino entre tú y cualquier otra persona. Entre lo cotidiano y lo extraordinario. Vaya, menos mal.
Por otro lado, creo que esa teoría es fría. Matemática. Impersonal.
El hilo rojo, en cambio, es todo lo contrario. Ese cuento propone que existe una conexión invisible, inevitable, que une a dos personas destinadas a encontrarse. No importa el tiempo, la distancia o el sereno: el hilo se estira, se enreda, pero nunca se rompe. Una idea muy emocional, casi romántica, que convierte el azar en destino.
El problema no es creer en una u otra teoría/narrativa.
El problema es lo que hacemos con ellas.
Porque mientras los grados de separación nos dicen que podríamos llegar a cualquiera, el hilo rojo nos hace creer que debemos llegar a alguien.
Y ahí empieza la trampa. ¿No?
En la práctica, la vida no se siente como una red infinita de posibilidades, a veces se siente más bien como un patrón que se repite. No seis grados, sino tres. Tres pasos que, una y otra vez, conducen al mismo punto. A las mismas personas.
A los mismos errores.
A las mismas versiones de nosotros.
Creo que ahí donde la idea del destino deja de ser romántica y empieza a volverse incómoda.
Porque cuando alguien aparece de forma constante —a través de terceros, coincidencias o hasta por detalles absurdos— la pregunta ya no es si está “destinado”, sino por qué seguimos encontrando el mismo tipo de vínculo. Por qué ciertas presencias se vuelven inevitables. Por qué algunas conexiones pesan más que otras.
La explicación fácil es el destino.
La difícil es el patrón.
Creer en el hilo rojo puede ser una forma elegante de evitar esa segunda pregunta. Nos permite romantizar lo que, en el fondo, podría ser repetición, costumbre o hasta incapacidad de soltar. Convierte lo que duele en algo “necesario”. Lo que no funciona, en algo “inevitable”.
Y eso es peligroso.
Algunas simplemente… son.
Lo que sí, es que hay algo que el hilo rojo explica mejor que cualquier teoría racional: la intensidad. Esa sensación de que ciertas personas llegan a tocar una parte de nosotros que nadie más alcanza: el alma, me dijeron una vez. Esas personas que, aunque no se queden, dejan una marca difícil de borrar. De esas personas, que, aun en su ausencia, siguen presentes.
Y ahí, la lógica se queda corta.
De todas formas, esa intensidad merece ser cuestionada.
Tal vez el verdadero problema no es el hilo rojo, sino cómo lo interpretamos. No como una posibilidad, sino como una certeza. No como algo que puede ocurrir, sino como algo que debe cumplirse.
Y entonces dejamos de elegir.
Tal vez por eso resulta más cómodo pensar que el extremo de nuestro hilo aún no ha llegado. Que todavía falta alguien. Que lo que hemos vivido hasta ahora han sido apenas ensayos, no la historia principal.
Es una idea esperanzadora.
Pero también puede ser una forma de posponer la responsabilidad de elegir distinto.
Al final, entre teorías, leyendas y experiencias personales, queda una posibilidad menos romántica, pero más honesta: que no existe un único hilo, ni una sola conexión inevitable, sino múltiples cruces, decisiones y repeticiones que vamos interpretando como destino.
Y que, en muchos casos, el verdadero acto de libertad no es encontrar a quien está al otro extremo del hilo… sino decidir si queremos seguir atados a él...
Anoche hicimos una ruta padre. Me gustó muchísimo.
Bajamos por calles que yo llevaba mucho tiempo viendo... Pensaba: estas bajadas no se pueden hacer sin partirse la m. Bajadas absurdas. Alcantarillas abiertas como trampas. Curvas que parecían burlarse de mí.
Y pasamos.
Sin drama.
Sin caída.
Sin sangre.
Mientras bajaba sentí algo nuevo: control. No perfecto, pero suficiente. Tal vez ya no soy tan principiante. Tal vez sí he avanzado. Lo noto en mis piernas, en mi equilibrio, en la calma que tal vez hace un año no existía.
Y lo noto en algo todavía más raro: la gente ya me ubica. Me saluda. Me reconoce. Qué curioso que otros te identifiquen cuando una va por la vida medio distraída, pensando que nadie te está mirando.
Cerramos la ruta comiendo alitas. Las mesas eran diminutas, así que nos dividimos en grupos improvisados.
En mi mesa estaba mi amiguita adolescente de 17, mi pajarito eléctrico e hiperactivo. Un sol. Una bengala. A veces —muchas— demasiada luz para los días en que solo quiero sombra, demasiada chispa desbordada para la paz que mi alma necesita. Y también, en la mesa un amiguito que podría pasar por el hermano gemelo de mi primo favorito. Mismo rostro, mismo nombre. El universo, cuando quiere, recicla personajes sin pudor; parece que ni se esfuerza para hacer notar las coincidencias, como si se burlara.
La conversación empezó ligera, hasta que nuestro amiguito nos miró y dijo:
—Ustedes dos son una especie rara. Un fallo en la Matrix.
—Ella tiene 17. Eso no es normal. Todos somos más o menos de la misma camada… eso es lo normal.
—¿Y tú cuántos años tienes? —pregunté.
—Veintinueve —dijo, tímido.
Me reí más fuerte.
Supuse que lo raro en mí también era la edad. No es común que una señora de casi noventa años ande de chirota con una niña de 17 y otra de treinta y tantos, mezclándose sin pedir permiso en todas las edades.
Pero entonces nuestro amiguito frenó mi pensamiento en seco:
—En tu caso es distinto. Tú eres rara porque no tienes el corazón roto. Eres feliz con tu novio… y aquí, en este mundo, se ve puro infeliz. Divorciados, dejados, infieles. Puro cochinero.
—¿Y tú en qué categoría entras? —le dije—. ¿Divorciado, dejado, infiel?
—En todas —respondió—. Dejado, divorciado… y ahora haciendo mis dagas en soltería. Casi de infiel.
—¿Quéeeee? Cuéntame.
Y ahí lo vi. Corazón roto.
Pero mi pajarito eléctrico, que no conoce el botón de pausa, irrumpió:
—Yo por eso no creo en el amor. Todos son putos. Mi papá es puto. Mi abuelo es puto. Todos son unos putos.
Reímos. Porque a los 17 la tragedia siempre se grita con carcajada... y porque a los 17, habla la voz de la experiencia.
Intenté volver a nuestro amiguito.
—¿Cómo pasó?
—Me fue infiel —dijo—. Yo la tenía en un pedestal.
Pajarito interrumpió otra vez. La conversación se desvió. Lo dejé por la paz. Hay historias que merecen otra noche... y tal vez una mesa más silenciosa.
Luego ella quiso ser más graciosa.
—Ahora cuenta tú tu historia, Wen —dijo con sonrisa pícara, como si estuviera empujándome al centro del escenario.
Abrí los ojos como plato. Casi herida.
Mi amiguito rio soprendido.
—¿Cómo? ¿Tienes historia?
Reí también. Todos tenemos historia. Por fortuna, pajarito volvió a hablar de sí misma y de su experiencia de vida.
Después nos reunimos todos. Descubrí personalidades increíbles. Gente bonita. Me sentí feliz.
La conversación se volvió todavía más divertida: fetiches sexuales. Resulta que tengo tarea. No sé si tengo uno. Tendré que investigarlo.
—Lo tuyo son los pelones —sentenció pajarito.
—Para nada —reí.
—Lo tuyo son los pelones y con novia —añadió.
No más pelones en mi vida, pensé, apenas tocada por una herida vieja.
Y entonces recordé algo que hacía desde niña. Cuando iba a un cine abarrotado, a un concierto, al centro de la ciudad, me gustaba observar a la gente y pensar:
¿Cómo es que cada persona es independiente, pero en este momento todos estamos formando parte de una macrohistoria y a la vez, siendo parte de cada historia individual?
Siento que, poco a poco, recupero mi brillo. Y no tiene que ver con la estética, sino con la energía. Es curioso: no es algo de lo que yo esté pendiente, no es algo que alimente mi alma, pero vaya que la acaricia. Me asombra cuando alguien se toma la molestia de decirme que me veo bonita o que mi estilo es increíble; me asombra porque yo no conecto con envoltorios, sino con personalidades.
Pienso que es la dopamina. El año pasado, por estas fechas, iniciaba una historia que me hizo volar y me devolvió un brillo que no tenía desde hace siglos. Pero luego me apagué. Casi me hundí.
Muchas veces he hablado con mi hermana sobre el momento en que se me zafará ese tornillo que veo flojo en casi todas las mujeres de mi familia. Tenemos a la esquizofrénica, a la mártir, a la fanática, a la que se "desenchufa", a la ansiosa… ¿Y yo? Le pregunté una vez: “¿Cómo me llegará la locura a mí?”.
La respuesta me alcanzó un día de tráfico, cuando ya no lloraba por las ilusiones rotas. De pronto lo entendí: esa es mi locura. Poner toda mi ilusión en el aire. Desmoronarme, una y otra vez, por lo que no fue. Buscar consuelo en el lobo que hiere.
Luego llegó el susto de ver mi cara gris en el espejo. Extrañé la sensación de felicidad que me daba aquella ilusión; porque, independientemente del físico (que estaba en su peor momento), entonces me veía radiante.
Ahora que patino, noto que siempre sonrío.
Es un enfoque distinto al que experimenté hace tiempo haciendo downhill en bicicleta. Bajando aquella montaña sin frenar, a riesgo de partirme los dientes, me di cuenta de que iba carcajeándome. Era una mezcla de nervios y adrenalina pura. Recuerdo haber pensado: “Si me caigo, me quedo sin dientes de tanto sonreír; debo cerrar la boca”. Pero era un acto inconsciente. Al final reí de solo imaginarme embarrada en el suelo y chimuela, pero con la satisfacción de que “lo paseada” nadie me lo quitaría.
Lo mismo me pasa en los patines. A veces hay miedo, especialmente en los descensos donde tomas una velocidad que te garantiza el desastre si algo sale mal. Yo sonrío con miedo, pero también con una felicidad genuina. Y tal vez, solo tal vez, porque me falta condición y respiro por la boca.
En la última práctica me caí dos veces. En el segundo descenso me sentí insegura; no sé si quise frenar o si el cuerpo dudó, pero rodé como un stuntman en película de acción. Fui muy consciente de cada vuelta, del golpe en mi brazo ya lastimado y del suelo pasando frente a mis ojos. Cuando por fin paré, solté una carcajada. Me sentía ridícula y magnífica a la vez. Seguía riendo sentada en el suelo cuando vi a los demás corriendo hacia mí, gritando: “¡Tranquila, tranquila! ¿Estás bien?”.
Debieron ver mi cara de psicópata. Me levanté como un resorte, les dije que estaba bien y, sin dejar de reír, subí la pendiente para volverme a lanzar.
La segunda caída fue por el ride. La mayoría se agarraba de un coche para subir la cuesta. Desde el inicio el sentido común me dio una cachetada: “Esto es peligroso”. Pero como de cordura cojeo, me sujeté del carro en una de esas en las que yo subía jadeando y estuvo cerca para tomarlo. Eso sí, me sujeté de la cajuela, lejos de las llantas, por si acaso. El profe debió verme la cara de terror. Durante el recorrido me vigiló sujetado de un costado y dándome instrucciones:“¡Marca más la tijera! ¡Viene alcantarilla! ¡Piso feo!”. Yo miraba el suelo casi mareada por la velocidad, hasta que una llanta se encajó en una hendidura. El pie empezó a temblar. Pensé:“Si no me suelto, el carro me arrastra”.
Me solté. Rodé otra vez, sintiendo cómo mi nuca se estrellaba en el pavimento. Me quedé acostada con los brazos abiertos, mirando el cielo, y sonreí. Luego la carcajada de nuevo. Me levanté para seguir. Solo pensé: “Qué bueno que esta vez sí me puse la bacinica en la cabeza, aunque no me vea fashion ni luzcan mis chinos locos al aire”.
Durante un descenso, las sensaciones son increíbles. El sonido de los valeros dándolo todo, como si sacaran chispas; el viento zumbando en las orejas; la vibración que hace flaquear los pies; la incertidumbre de un perro o un bache. Pero cuando todo pasa, queda la libertad. El poder de haberlo logrado.
Al regresar de la práctica, les di un aventón a un@s amig@s que no se habían animado a bajar. Reían diciendo: “Hoy aprendimos dos cosas: a echar porras y a caer con estilo”. No entendí a qué se referían hasta que una de ellas añadió:
—Lo que más te admiré es el porte. Bajabas con una sonrisa de oreja a oreja. La caída, cómo te levantaste… No sé... en tu cara hay felicidad genuina. La sonrisa te llega a los ojos; no se ve...
—¡Pánico!, como en mi cara—interrumpió otro.
Estallamos en risas y más cuando les advertí que debía controlar mi sonrisafranca para no quedarme sin dentadura en la próxima rodada.
Ahora comprendo que aquel brillo del año pasado ya no depende de nadie; esta vez surge de mí. De vencer el pánico y el sudor frío, de estar en rutas intermedias en solo dos meses, de agradecer el impulso de cada roller en el camino.
Aquella ilusión demoledora ya no me habita; ahora me habita la satisfacción de lograr "correr" en los patines retomando (y superando) las habilidades que tanto añoraba de cuando era niña, la velocidad y la certeza de que, aunque ruede por el suelo, siempre me voy a levantar riendo: con estilo, como dicen. Jaja.
:D
Hoy me eché mi lloradita matutina al despertar. Un año más que Juan Mora se fue. Me gusta pensar que por ahí anda todavía, iluminando vidas. Y tal vez sea así, solo que en otra dimensión.
Últimamente pienso mucho en él, en lo que me diría si le contara mis últimas patoaventuras: "pero ahí vas de pendeja" y ya como un recurso desesperado, cuando yo no reaccionaba a sus francas palabras, decía "mírate en el espejo, puedes tener a cualquier pendejo; sobre todo, a uno que te merezca".
Juan Mora era uno de mis mejores amigos de la prepa. Un ser extraordinario con una alegría de vivir que contagiaba. Después del diagnóstico de glioblastoma multiforme (GBM) de grado IV, el más agresivo, mortal y común de los cáncer de cerebro, su actitud y garra hacia la vida no flaqueó, yo diría que se intensificó, se fortaleció con el único propósito de tener tiempo suficiente para ver crecer a sus niñas.
Desde la prepa supe que Juan era un ser de luz, irradiaba. Pero en esta última etapa, vi cómo su espíritu era capaz de soportar más allá de lo humanamente posible. Dolores de cabeza, convulsiones, efectos de sesiones sobrepasadas de quimio y radioterapia, hemiplejía, una reluciente cabeza tazajeada... y aún así sonriéndole a la vida, haciéndole al chinguetas, luchando con todo su ser para vencer al tiempo.
Era un tipo simpático, guapo, con unas pestañas chinas que enmarcaban su pícara mirada, con una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida, inteligente, franco, divertido, guerrero. Lo último que hubiera querido en su vida, era causar lástima... lo suyo lo suyo, era la alegría de vivir, lo cómico, el humor negro con el que siempre nos reíamos, con el que casi buleaba.
Su último chiste, fue en su funeral. Recuerdo estar hablando con su mamá, que me contó cómo su mirada se fue apagando. Vamos a verlo, me dijo. Sentí como que me arrastró del brazo. No tenía planeado ver su cuerpo. Yo quería mantener mis recuerdos si esa perra imagen. No tuve tiempo de horrorizarme. No lo reconocí. Ese cara gris, no era la de mi entrañable amigo del alma. Y entonces, alce la mirada. El ataúd, tenía pegada en la tapa una foto tamaño carta de su rostro. Ahí estaba su última gracia: guiñaba un ojo, sonreía. Sonrisa perfecta.
¡Hijueputa! Sonreí. Él te miraba desde esa foto, se reía en tu cara: no lástima, risas, alegría de haber vivido y vencer el tiempo. Le dieron 3 meses de vida, vivió como 5 años más.
Ése era Juan Mora.
Te quiero, cabrón. Ahora tú no te olvides de mí. 😉
Para que quede claro: ¡ODIO los autocorrectores!
Se inventan tildes donde no van, censuran palabras y trastocan por completo lo que quiero decir.
Una vez le escribí a mi última pesadilla: «Cuando te vea, te voy a besar y te voy a decir: mocoso caRgado. ¿Por qué te tardaste tantos años en volver a mi vida?»
La pesadilla respondió: «Jaja, qué bueno que tu cel no te dejó poner lo que querías» 😑
Hoy fue el colmo. Le quise escribir a mi hermana: «Éste es mi nuevo novio. Así va a estar el Timoteo cuando crezca.»
Mi fumado autocorrector: «Éste es mi nuevo novio. APESTA el TIROTEO.»
¡Dios mío! ¿De dónde saca todo eso? 😫
Y no, no me refiero al autocorrector 🥰
![]() |
| Damiano. Ya era, desde antes, pero ahora más que nunca ♥️ |
San Google había anunciado el apocalipsis: nubes negras, truenos y relámpagos. El diluvio universal que yo necesitaba para ahogar lo que quedaba de mis penas. Pero la vida, con su humor sarcástico, me tendió una tampa de luz: todos los días de la semana amaneció un sol brillante, un calor envolvente y unas playas turquesas, desiertas, como reservadas solo para mí.
Si ya era difícil sacarme del agua, ahora, con mi entrenamiento casi diario, me convertí en criatura marina. Un día más y habría despertado con escamas. No nadaba como profesional, pero flotaba con una confianza nueva, como si el mar me sostuviera un poco mejor. Mis acompañantes entraban y salían; yo permanecía allí, abrazada por las olas.
De regreso al hotel, por primera vez en mi vida, me metí a la alberca. Fue divertido hasta que el cloro declaró la guerra a mi bikini favorito, ese que combinaba con vestidos de espalda descubierta. Lo dejó irreconocible. “Malditas albercas de cloro y caldo de cosas”, pensé, mientras respiraba hondo para contener las fobias que amenazaban con salir a flote.
Una tarde, confié mis tristezas al mar. Estaba en la orilla, el agua tibia acariciándome los pies, el horizonte pintado de azul perfecto y yo llorando con la garganta cerrada. No supe qué ardía más, si la sal del mar o la de mis lágrimas. El sonido de las olas se tragaba mis rezos, mientras que la alberca, con su silencio y su cloro, me recordaba el otro extremo de la vida: dos mundos opuestos, y yo en medio, partida entre el dolor y la belleza.
Pensé en mis metas del año: patinar, bailar, aprender a nadar, conseguir plantas exóticas para la colección, tomar un taller de cerámica, reconectar con quienes amo. Algunas las logré, otras se quedaron a medias...
- Volver a patinar: Hecho. con señor sentonazo incluido.
- Volver a bailar: Hecho. Al principio costó encontrar el ritmo, pero mi pareja era experta… una nada más se deja llevar y me hizo volar.
- Aprender a nadar: Regulis. Sigo flotando más que avanzando.
- Monstera variegada: Súper hecho (hasta dos, por si acaso). Mi hermana me regaló la más bella y gigante: “Toma, pa’ que no estés triste”, me dijo. “Seguiré llorando, pero contenta”, le respondí.
- Adelgazar para volver a ver y besar a mi amigo: Triple tache. Seguiré siendo un delicioso pan dulce. Él se lo pierde.
- Tomar un taller de cerámica: Hecho. Me hice una maceta con cara de ovni. Fui tan feliz.
- Pasar mi cumple en el mar: Hecho. Una semana de felicidad casi pura. Comida rica, apapachos, risas… y de vez en cuando, le devolví al mar un poco del agua que me tragué en un revolcón de olas. Limpiando el alma y confiándome al mar, que me abrazó con cariño.
- Ver luciérnagas: Hecho. Un milagro en la oscuridad. El hotel en la playa estaba súber bonito, aislado, enterrado en una especie de jungla. Yo ya estaba acostada —no sé si dormida— cuando me llamaron: “Sal a ver”. Me levanté con floreja… y entonces, lágrimas. Ahí estaban: cientos de luciérnagas iluminando mi noche. Qué regalo tan bonito me da la vida.
- Un atardecer en el mar: Hecho. Semana completa de atardeceres de postal. Uno en particular parecía sacado de una película de ciencia ficción —creí que un ovni me llevaría—, pero no. Me dejaron tirada ahí, para poder admirarlo. Y lloré, claro. ¿Será que con los años se nos rompen los empaques de los ojos y las lágrimas se salen sin esfuerzo?
- Reconectar con lOlO: En proceso. Hasta la natación nos une ahora. Estamos volviendo a ver Malcom in the Middle juntos y nos morimos de risa. Soy tan feliz.
- Divorcio: Ni hablamos. No lo veo con dolor, sino con gratitud por todo lo bueno que me dejó. Y por el regalo más hermoso: lOlO, el niño más noble del mundo.
- Soltar: Aprendiendo, resignificando, entendiendo, calmando.
- Abrir puertas: No lo sé Rick. Siguen bien cerradas... no están listas, ni aunque estén llamando.
Descubrí que a veces no importa tanto cumplir, sino atreverse a intentarlo, dejar que la vida sorprenda: en un atardecer de ciencia ficción, en el vuelo de luciérnagas sobre la oscuridad, en una maceta de barro horneado con cara de ovni, en la risa compartida con mi hijo, en el mar que se tragaba mis llantos sin reproches.
De vuelta a la realidad, llegaron mis exámenes de natación: tres en una semana, dos reprobados, uno pendiente. Lo conté a lOlO, entre risas, con la misma ligereza con que recordaba mis panzazos épicos. Me dijo: "¡No inventes! En un examen no te paras para nada, primero que te estalle el pulmón, de ninguna forma te detienes a tomar aire". Jaja.
Si hubiera sabido antes que reprobaría exámenes, quizá no habría disfrutado tanto del agua. La ignorancia, a veces, es una forma de felicidad.
El mar, pensé, es mi mejor amigo.
Y así me descubrí: mitad sirena, mitad piedra que se hunde. Pero una piedra dorada y feliz, sostenida por el amor de los míos. ¿Se puede pedir algo más en la vida?
| Felices 44, vida, gracias por tanto. |
Hace unos días, con mis amigas, estábamos viendo qué conciertos se vienen… y entre ellos, justo en la semana de mi cumpleaños, había dos. Los descartamos. Este año he decidido que voy a huir toda la semana al lugar más feliz de la tierra para pasar mi cumple. Así que esta semana he andado como chilefrito para avanzar con mis pendientes y tomar mis vacaciones la próxima semana.
Luego, anunciaron a Zoé para octubre. Intentamos comprarlos, aunque ya sabíamos que era imposible alcanzar boletos. De pronto, revive un recuerdo cuando más se necesita:
Retuit. Le conté que, por cierto, no alcanzamos boletos esta vez.
Y luego, magia:
—¡No manches! —me dijo—. Hace 16 años 🥺.
—Ya estamos ruquis —le dije.
—Creo que puedo conseguir boletos. ¿Vienes? Somos patrocinadores. Serían zona diamante en un palquito del estadio GNP.
🥺¿De verdad? ¿La vida puede ser así de buena conmigo?
Nos debemos unas “coquis” quién sabe desde cuándo. La vida nos ha puesto peros, timing raro, agendas locas y cabezas obnubiladas. Creo que la última vez que lo vi fue hace años, cuando él todavía vivía en GDL. Fui con mi novio a su casa. Fue un poco incómodo, porque esperábamos más gente y al final nadie llegó. Era bien sabido que mi novio no lo soportaba: en loco e inventado.
Alguna vez mi novio me dijo que si lOlO era hijo de PP: estúpido.
PP, que, además de gustos musicales, comparte mi humor, me dijo: "Dile que sí, que soy su papá. Que nos pasamos el tiempo buscando el siguiente, por eso siempre estamos juntos".
Nos reímos.
Hace tanto que no lo veo… la verdad, es que los boletos poco importan. Podría verlo con o sin Zoé.
Previo al concierto, viene a Guadalajara; así que, nos tomaremos unas chelas… o un té (dice que va más con mi estilo, jaja). O quizá, por fin, nuestras "coquis".
Vamoaver.
La vida a veces te devuelve la luz y te apapacha por donde menos lo esperas.🌟
A los catorce años conocí en la prepa al que pensé que iba a ser el amor de mi vida. Spoiler: era el lobo feroz, con disfraz de abuelo [la edad, no olvidemos la edad].
Pasé mucho mucho tiempo extrañándolo, pensándolo, inventándolo. Hoy veo que me dio migajas. O mejor dicho, no me dio nada, pero me dejó todo. Aprendí a punta de mordidas.
Creo que estuve enamorada de la ilusión que me creé, un espejismo. Cuando él apareció, no es que me gustara; más bien, lo que creo es que la influencia de mis amigas fue determinante.
Recuerdo a Raqui, mi amiga, casi escupiendo el jugo cuando le dije que no sabía de quién me hablaba; nunca había visto al que le decía "el tipo más guapo de la escuela".
El primer encuentro
Era nuestra rutina: entre clases, nos asomábamos al patio desde el segundo piso pasando el rato hasta que llegara el siguiente profe. Ahí apareció él, abajo en medio de la nada. Raqui lo señaló descaradamente —¡Es él, es él!—me decía mientras me sacudía como loca—¿Verdad que es guapísimo?
Fruncí el ceño: —¿Guapo? Parece papá de alguien. Horrible y viejo—dije. Luego caí, presa de sus afilados colmillotes, tan largos que fácil raspaba el suelo cuando caminaba.
La cacería
No sé cuánto tiempo pasó, pero lo encontramos un día en la entrada de la escuela. Me sonrió.
—Hola —dijo.
Le hice cara de culo (técnica infalible a los 14) y entré sin responder. Pero el lobo era persistente. Otro día, lo encontramos en el pasillo, me preguntó mi nombre. Puse los ojos en blanco, como diciendo "Nomejodas". No contaba con la astucia de Raqui, que iba detrás de mí y que no contuvo su emoción:
—Te está hablando, que cómo te llamas— dijo mientras me sacudía el brazo. La ignoré también y seguí caminando.
Raquel, traidora, contestó por mí: —¡Se llama Wen!
Él rio, cómplice.
Otro día: —Hola, Wen. Soy Fulanodetal... el amor de tu vida —dijo, como si fuera un chiste.
Entonces, los ojos en blanco y la caradecú fueron para los dos: para Raquel, por metiche y para él, por inventado. "Pero qué se cree este tipo", pensé.
Ahí empezó todo.
La trampa
Un día, su insistencia me conquistó. Nuestro primer beso, fue un espectáculo. Después de clases, afuera de la escuela, nos despedimos de beso en la mejilla detrás de un camión estacionado. Él se iba a su clase en Colomos, yo, con mis amigas que me esperaban en el jardín del frente. Caminamos unos pasos en sentido contrario. Alcancé a estar frente a la puerta de la entrada, ya sin camión que nos obstaculizara de l@s mirones. De pronto se volvió y me llamó: —Ven, se me olvida algo—dijo sonriente. —Ven, tú— le respondí. Se acercó, me jaló hacia él y me plantó un besotototototototote.
Escuché de fondo a mis amigas pegar el grito. Nos separamos riendo y alcanzó a decirme: ¡Están locas!, ¿verdad? Asentí y me escapé riendo hacia ellas.
Una vez, le pregunté su edad.
—Casi no me gusta decirlo... Tengo 24 —confesó.
Yo: "Ah, con razón se veía como mi tío".
Él: 24.
Yo: 14.
Red flag tamaño estadio.
Mi cerebro adolescente lo archivó.
Lobo feroz
El lugar seguro (de él)
Años después, me convertí en su "lugar seguro". Estaba ahí, no para besarlo, ni para pasar la noche, ni mucho menos; sino para oír sus mierdas y darle ánimos. Nunca hubo más besos, pero, de alguna manera, siempre estuvo en mi vida como un fantasma al que yo también recurría para contarle mis mieldas y mis penas.
Un tiempo me pregunté si alguna vez, yo iba a querer tanto a una persona como lo quise a él. No creo, pensaba.
Hace poco, según él, me dio sus más sentidas disculpas.
—¿Cómo sigues siendo mi amiga después de todo lo que hice?— dijo.
—Porque siempre te vi roto —le dije—. Te tenía cariño, pero sabía que no podías dar más. Preferí bajarme de la nube antes que seguir comiendo mierda con cuchara de plata.
—En la prepa fui un pendejo... y lo sigo siendo— admitió.
Me pasó como a Cornelio Reyna
Hace unos días, estaba buscando una grabación para ajustar un video de trabajo.
De pronto, caí en cuenta que sí pude querer. Y mucho. Que él fue una ilusión, que dolió y de la que, por primera vez, me hizo darme cuenta cuánto valía y cuánto merecía.
Escuché de la galería de audios uno de mi amigo desaparecido. Pensé, al menos el otro tuvo que hacer labor de conquista; a éste no le hacía falta hacer ninguna labor :'( yo estaba puesta, desde hace años, no se nos dio. Ni se nos dará. Oí la "declaración de amor". No era su voz natural. Era un tono con mucha intención.
Me reí.
Carcajada abierta.
Como loca.
Qué pendeja. Cómo pude. Y ni siquiera me tocó. Ni siquiera me vio.
No me dio tiempo de bajarme solita. Ahora sí, me pasó lo que a Cornelio Reyna: me caí de la nube en la que andaba.
Qué cabrón.
Y aquí estoy: contando cómo el lobo me enseñó que el "amor platónico" es sólo un cuento para caperucitas ingenuas. Como yo, claramente. Bonita chiNadera. Ja ja ja.
Casi estoy recuperada, pero todavía me tambaleo por el último chiNadazo.
