O de cómo un intento de filosofía terminó en tragedia personal.
Ahí estaba cleaBer, otra vez, llorando las mismas penas de siempre porque su "Indeseable" al fin se casa. Bueno, eso dice, porque la ingrata lleva como dos años casándose y nada. Solo le alarga la tortura al pobre cleaBer, que no termina de cerrar el ciclo.
Tratando de ser empática, se me ocurrió soltar la pregunta del millón: — "Sí, cleaBer, te entiendo. Pero la verdadera duda es: ¿algún día se nos quitará lo pendejo?" Él, hundido en su miseria, me respondió: — "Justo eso me preguntaba yo… porque sigo pensando en ella".
Entonces me puse en plan Sócrates de café: — "Dejémoslos ir, cleaBer. No queda de otra. Bueno, en realidad sí queda: quedan muchos y muchas más allá afuera".
Y ahí fue cuando me cayó la guillotina. CleaBer me soltó mi condena: — "Eso crees tú. Ya verás que con el tiempo te das cuenta de que no hay nadie más. :( Al menos tú ya tienes a lOlo…".
Me quedé helada. — "¡Eso es lo más feo que me has dicho en toda tu vida!", le reclamé. "Habrá peores y mejores, nunca los mismos, ¡pero la idea es precisamente esa: no volvernos a topar con semejantes engendros del mal!".
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