Hace unas semanas me invadió un caos absoluto, una de esas
rachas de locura que no sentía desde hacía mucho tiempo. Fue como si la vida me
hubiera puesto de golpe un freno de mano. Me sentí inmensamente perdida… casi
desesperada, casi desolada.
Se acumularon pérdidas de todo tipo: materiales,
administrativas, digitales y, la peor de todas, física. Volví a destrozar mi
celular, perdí mi lámpara mágica y mis audífonos nuevos en ruta, mi horario de
trabajo cambió a modo esclavitud, perdí el dominio de mi página y, como
estocada final, me esguincé el pie patinando.
Ahora, con el paso de los días y
la cabeza más fría, entiendo que todo aquello fueron pausas necesarias. Hacía
falta calmar la Viruelaloca que se alimenta de mi insomnio. La vida me obligó
a descansar y a recordar el milagro que implica mover un solo dedo. Es terrible
descubrir la vulnerabilidad de no poder desplazarte… y más terrible aún sentir
el miedo paralizante de no volver a patinar.
El estruendo
Todo empezó con el esguince.
Iba en ruta, esperando un
semáforo sobre un piso infame. Perdí el equilibrio y, en ese segundo eterno,
arañé el aire intentando salvarme hasta que terminé cayendo sobre el tobillo
doblado. Escuché un crujido seco, brutal. El sonido fue tan horrible que, por
un instante, imaginé lo peor: ya me veía con un hueso atravesándome la piel.
Después descubrí que no tenía ni un rasguño… salvo el pulgar
aplastado por mi celular roto contra el pavimento.
No pude levantarme sola. Uno de los niños del Staff me ayudó mientras el grupo seguía avanzando. Y entonces apareció un amiguito... lo vi como Clark Kent al rescate.
El niño del Staff insistía en quedarse
conmigo para que Clark Kent alcanzara al grupo. Yo siento que casi los corrí a los dos;
necesitaba desesperadamente quedarme sola para llorar. Estaba muy adolorida... pero más aún, estaba aterrada.
Aunque, si soy completamente
honesta, en medio del dolor, sentí una chispita cuando vi aparecer a Clark Kent entre la nube de polvo que levantaban los coches sobre la avenida en
mantenimiento. Fue una imagen cinematográfica. De verdad.
Y sí… Clark Kent podría convertirse en un personaje importante. Bueno, ya lo es. Es coqueto y poeta. Como me gustan. Jaja. Quizá esa termine siendo una de esas historias que disfrute contar. O quizá no. Tal vez esta vez sí aprendí la lección y no permita perder una potencial gran amistad por perseguir un sueño bonito. Y fantasioso. E idiota. E infame. Y completamente gilipollas. Y putoelquelolea. Mucho menos si se trata de alguien que patina… y encima en los mismos clubes.
Aunque pensándolo mejor, la
historia de Clark Kent es hermosa exactamente donde está ahora. Ypuntofinal.
Volviendo a la escena dantesca: después
de que no me pude levantar, Clark Kent y el niño del Staff me ayudaron a sentarme lejos del arroyo vehicular, me
quitaron los patines. Moví los pies e incluso conseguí caminar descalza,
probablemente impulsada por la adrenalina… o más bien, por la urgencia de convencerlos de que se
fueran para poder romper en llanto.
Ya sin ellos, sentí encima toda
la soledad del mundo, casi con arrepentimiento. Seguía cubierta por el polvo
que se me pegaba al pelo y la cara sudada… tanto que mi cara se sentía más bien como una lija bajo mis dedos.
Creo que sollocé un poco.
No pude romper en el llanto histérico
que tenía en el fondo del alma porque me interrumpieron, en distintos momentos, dos
borrachitos que pasaban por ahí.
—Ah, bueno —dijo.
Pensé que había seguido su camino.
Unos minutos después, el segundo borrachín me preguntó si estaba bien, si iba con el grupo de patines. Entonces el primero
gritó desde lejos:
—¡Es que se cansó, pero ya vienen por ella!
Por fin acompañada, sentí que lloré contra un bloque de
hielo. Creo que nunca ha sabido reaccionar ante mi dolor. Es curioso. Creo que verme desgarrada, casi en crisis, lo asusta. Está acostumbrada a verme en modo UltraPowerOn.
El diagnóstico final fue un esguince de segundo grado.
Hoy
es el día dieciséis y aquí estoy: lista para volver a intentarlo.
La calma después de la tempestad
Curiosamente, el resto de las piezas comenzó a acomodarse
poco a poco.
En el trabajo llegaron cambios muy positivos: como dije, un
nuevo horario… nuevos horizontes y el reto de liderar a un equipo de diez niñxs
increíbles.
Incluso en el terreno digital —donde el caos también hizo
estragos— las aguas comienzan a volver a su cauce. Después de meses peleando
con errores de DNS y trámites interminables, por fin estoy a punto de recuperar
mi página. Ha sido una batalla larga para rescatar este rincón, pero regresar a
casa —a mi propia dirección en internet— se siente como una victoria
profundamente necesaria.
¿El celular? Sobrevivo gracias a algunos “esqueletos” tecnológicos, aunque pronto estará solucionado el tema. ¿Los audífonos? Volví a los anteriores. En realidad, me gustaban más, sólo reviso lo del cargador.
A veces la vida tiene que darte una sacudida violenta para
recordarte el valor del suelo que pisas.
Y hoy, a pesar de los tropiezos, me siento plena. La vida ha sido buena conmigo. Tengo muchísimo que contar. En resumidas cuentas en este momento soy profundamente feliz.