Después de la tempestad...

  • 5/13/2026 11:11:00 a. m.
  • By Wen Rizo ❤️
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Hace unas semanas me invadió un caos absoluto, una de esas rachas de locura que no sentía desde hacía mucho tiempo. Fue como si la vida me hubiera puesto de golpe un freno de mano. Me sentí inmensamente perdida… casi desesperada, casi desolada.

Se acumularon pérdidas de todo tipo: materiales, administrativas, digitales y, la peor de todas, física. Volví a destrozar mi celular, perdí mi lámpara mágica y mis audífonos nuevos en ruta, mi horario de trabajo cambió a modo esclavitud, perdí el dominio de mi página y, como estocada final, me esguincé el pie patinando.

En medio del drama le reclamé al universo:
—¿Qué es esta vida? ¿Qué quieres decirme? ¡Déjame en paz!

Ahora, con el paso de los días y la cabeza más fría, entiendo que todo aquello fueron pausas necesarias. Hacía falta calmar la Viruelaloca que se alimenta de mi insomnio. La vida me obligó a descansar y a recordar el milagro que implica mover un solo dedo. Es terrible descubrir la vulnerabilidad de no poder desplazarte… y más terrible aún sentir el miedo paralizante de no volver a patinar.

El estruendo

Todo empezó con el esguince.

Iba en ruta, esperando un semáforo sobre un piso infame. Perdí el equilibrio y, en ese segundo eterno, arañé el aire intentando salvarme hasta que terminé cayendo sobre el tobillo doblado. Escuché un crujido seco, brutal. El sonido fue tan horrible que, por un instante, imaginé lo peor: ya me veía con un hueso atravesándome la piel.

Después descubrí que no tenía ni un rasguño… salvo el pulgar aplastado por mi celular roto contra el pavimento.

No pude levantarme sola. Uno de los niños del Staff me ayudó mientras el grupo seguía avanzando. Y entonces apareció un amiguito... lo vi como Clark Kent  al rescate.

El niño del Staff insistía en quedarse conmigo para que Clark Kent alcanzara al grupo. Yo siento que casi los corrí a los dos; necesitaba desesperadamente quedarme sola para llorar. Estaba muy adolorida... pero más aún, estaba aterrada.

Aunque, si soy completamente honesta, en medio del dolor, sentí una chispita cuando vi aparecer a Clark Kent entre la nube de polvo que levantaban los coches sobre la avenida en mantenimiento. Fue una imagen cinematográfica. De verdad.

Y sí… Clark Kent podría convertirse en un personaje importante. Bueno, ya lo es. Es coqueto y poeta. Como me gustan. Jaja. Quizá esa termine siendo una de esas historias que disfrute contar. O quizá no. Tal vez esta vez sí aprendí la lección y no permita perder una potencial gran amistad por perseguir un sueño bonito. Y fantasioso. E idiota. E infame. Y completamente gilipollas. Y putoelquelolea. Mucho menos si se trata de alguien que patina… y encima en los mismos clubes.

Aunque pensándolo mejor, la historia de Clark Kent es hermosa exactamente donde está ahora. Ypuntofinal.

Volviendo a la escena dantesca: después de que no me pude levantar, Clark Kent y el niño del Staff me ayudaron a  sentarme lejos del arroyo vehicular, me quitaron los patines. Moví los pies e incluso conseguí caminar descalza, probablemente impulsada por la adrenalina… o más bien,  por la urgencia de convencerlos de que se fueran para poder romper en llanto.

Ya sin ellos, sentí encima toda la soledad del mundo, casi con arrepentimiento. Seguía cubierta por el polvo que se me pegaba al pelo y la cara sudada… tanto que mi cara se sentía más bien como una lija bajo mis dedos. Creo que sollocé un poco.

No pude romper en el llanto histérico que tenía en el fondo del alma porque me interrumpieron, en distintos momentos, dos borrachitos que pasaban por ahí.

El primero se acercó indignado:
—¿Y por qué la dejaron sus amigos? ¿No podían esperarse unos minutos a que descansara?

Un poco asustada, le respondí:
—Ya vienen por mí.

—Ah, bueno —dijo.

Pensé que había seguido su camino.

Unos minutos después, el segundo borrachín me preguntó si estaba bien, si iba con el grupo de patines. Entonces el primero gritó desde lejos:

—¡Es que se cansó, pero ya vienen por ella!

 Mi cabeza loca empezó a imaginar cientos de escenas de asesinatos seriales. Justo ahí me sentí verdaderamente vulnerable. Puro terror: sola, rota, empolvada y con el dolor creciendo minuto a minuto.

Por fin acompañada, sentí que lloré contra un bloque de hielo. Creo que nunca ha sabido reaccionar ante mi dolor. Es curioso. Creo que verme desgarrada, casi en crisis, lo asusta. Está acostumbrada a verme en modo UltraPowerOn.

El diagnóstico final fue un esguince de segundo grado. 

Hoy es el día dieciséis y aquí estoy: lista para volver a intentarlo.

La calma después de la tempestad

Curiosamente, el resto de las piezas comenzó a acomodarse poco a poco.

En el trabajo llegaron cambios muy positivos: como dije, un nuevo horario… nuevos horizontes y el reto de liderar a un equipo de diez niñxs increíbles.

Incluso en el terreno digital —donde el caos también hizo estragos— las aguas comienzan a volver a su cauce. Después de meses peleando con errores de DNS y trámites interminables, por fin estoy a punto de recuperar mi página. Ha sido una batalla larga para rescatar este rincón, pero regresar a casa —a mi propia dirección en internet— se siente como una victoria profundamente necesaria.

¿El celular? Sobrevivo gracias a algunos “esqueletos” tecnológicos, aunque pronto estará solucionado el tema. ¿Los audífonos? Volví a los anteriores. En realidad, me gustaban más, sólo reviso lo del cargador.

A veces la vida tiene que darte una sacudida violenta para recordarte el valor del suelo que pisas.

Y hoy, a pesar de los tropiezos, me siento plena. La vida ha sido buena conmigo. Tengo muchísimo que contar. En resumidas cuentas en este momento soy profundamente feliz.

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