Me siento tan feliz. Tan plena. Tan tranquila.
A veces me parece increíble recordar a aquella mujer que estuvo tan rota, convencida de que yanuncamás… Y, sin embargo, aquí estoy. En paz. Agradecida. Descubriendo que la vida, aunque a veces parezca cruel, siempre ha sido sabia y bondadosa conmigo, sabiendo mucho mejor que yo hacia dónde llevarme.
De vez en cuando me pone enfrente algún fantasma. O apenas el esbozo de uno. Lo extraordinario es que ya no los sufro; no me persiguen. Los observo con curiosidad, desde muy lejos. Como si habitaran en otra dimensión, una donde apenas alcanzan a ser un recuerdo y ya no un tormento para mi alma.
Supongo que eso también es sanar.
El Loser
Hace unos meses, durante el 8M —al que no pude asistir como desde hace años por un compromiso familiar—, cambié mi foto de perfil temporal en Facebook por una vieja imagen de cuando traía el cabello morado (y me encantaba esa versión de mí).
Entre las reacciones, me sorprendió ver un «Me divierte».
Curioso, pensé.
Entré a ver quién había sido y, dando scroll, terminé casi por accidente en su basurero virtual. El clásico tipo perdedor que necesita disfrazarse de rudo para ocultar lo pequeño que es; de esos que aparentan ser malosmalosos. Metalero de cartón. Rebelde de teclado.
Ni recuerdo exactamente qué puso. Solo sé que era el comentario idiota de siempre: misógino, machista e ignorante. Algo sobre cómo a las mujeres «no les daban pasión» y por eso andaban marchando para llamar la atención.
Qué idiota, pensé.
No discutí. No expliqué. No intenté educarlo. Simplemente lo eliminé de mis amigos. Qué necesidad de seguir conservando mierdillas cuando una lleva tanto tiempo limpiando la casa.
Meses después, revisando currículums para la vacante de una gerencia, la vida me dio la razón en perspectiva. Apareció una foto infantil del certificado de prepa que reconocí al instante. Ni siquiera es bueno para poner una foto actual.
Un tipo relamido, con traje, en fotografía blanco y negro. Pose ensayada. Contenido paupérrimo. Ahí estaba el malomaloso queriendo aparentar lo que no era. Me reí sola. Aspiraba a apenas la mitad de lo que mi vacante ofertaba.
Curioso, volví a pensar.
Pero ni aunque hubiera tenido la experiencia habría pasado el filtro; su personalidad jamás encajaría con la cultura de la fabulosa empresa en la que trabajo. Sin dudarlo, un clic: descartado. Loser. Que la vida lo eduque y aprenda lo que le haga falta para crecer.
El Fantasma
Días después, revisando otro CV, me resonó un apellido muy particular.
No reconocí el nombre, pero fui directo a la fotografía. Indudable. Tenía que ser algún pariente; reconocí a un viejo fantasma en esos rasgos familiares.
Y entonces volé al pasado, a otra vida... a las noches de emoción; a mi primer baile con él, al reclamo por haber dejado tirada una tarjeta de presentación con cortesías que me puso en las manos la noche que lo conocí en el bar donde trabajaba, un pretexto para volverme a hablar. A los besos más dulces y sexys que me han dado jamás. A aquellos mensajes escritos con las patas, pero con toda la pasión con la que nunca más nadie me escribió:
«No me gusta que no me veses», me mandó una vez.
Me mató de risa. Y casi me mata de dulzura y de pasión cuando por fin me «vesó».
Algunos años después me lo crucé por casualidad en una plaza. No me vio. Me seguí de largo porque yo ya tenía una vida hecha. Me pareció tierno descubrirlo un poco más viejo y rellenito, pero esa bocota que me volvía loca seguía ahí intacta.
¿Qué será de él?, pensé mientras veía el currículum de su sobrino. Qué ganas de escribirle al sobrino para preguntarle por su tío. Suspiré. Y sonreí. Clic: descartado. Perfil no alineado a mi vacante. Lástima.
La Epifanía
Recibí de mi jefa el contacto para dar seguimiento a un nuevo ingreso confidencial. Entre los documentos que revisé para hacer el check, encontré una carta de recomendación laboral. Uff. Casi sentí un escalofrío. Casi.
La sensación duró menos de un segundo. Equis, pensé. Fuera de aquí, fantasma. ProtégemeSeñorcontuEspíritu, recé entre burlona y resignada. ¿Por qué tanto fantasma rondando últimamente? ¿Qué diablos quiere decirme la vida? Gestioné y cerré el expediente en cuanto pude.
Luego se abrió una nueva vacante. Por las cosas que llegó a contarme en el pasado, supe que este era completamente su perfil. Pensé en la posibilidad de que el fantasma másrecienteyhorroroso aplicara. Imaginé, por un instante, lo incómodo que sería encontrarlo en los pasillos, en el comedor o en la salida (en la entrada no creo, siempre llegaba tarde).
De pronto me acordé de mi amiguita Dulcerresplandor:
—Créeme —me dijo—, ese bato es un huevón. No lo verás en ruta, siéntete tranquila. Y aunque viniera: este es tu territorio, aquí toda la gente te conoce y eres muy querida.
Sentí tanta paz. Ni ganas de incomodarme. Esos 100k que oferte serán para alguien que por lo menos sea honesto; ese horrorosofantasma está muy lejos de serlo. Que la vida le dé exactamente lo que necesite, que pague caro cada una de mis lágrimas, y que yo nunca vuelva a pagar el precio de decisiones de mequetrefessinpelo. Dioslobendiga y a mí quenmeolvide.
El verdadero espantafantasmas
Esta semana entendí que, quizá, ya crucé ese último puente.
Llegó otra vez la temporada de aplicación de las clásicas encuestasdepesadilla. En el ejercicio antepasado, en medio del caos, alcancé a mandarle un mensaje absurdo: «No sabes cómo me acordé de ti». No recibí respuesta. Hubiera querido aclarar: "necesitaba de todo tu Excel". Putapesadilla de copiar y pegar con celdas filtradas.
Gracias al cielo, en aquella ocasión acudí al másterdemásteres: mi exjefe, quien me salvó la vida arreglando mi archivo desmadrado y me hizo reír al preguntar:
—¿Confías más en ChatGPT que en mí, tu lugar más seguro?
Logré la certificación que tanto trabajo me costó. Por un microsegundo pensé: Ojalá pudiera compartirle esto. Mira, tanta pesadilla y lo logré. Pero enseguida entendí algo. ¿Pa’ qué? Ese fantasma ya llevaba años viviendo en otra dimensión. Y yo también.
Esta vez todo fue taaan diferente. Salí de la oficina casi a las 10 de la noche. Mi compañera, la nueva encargada de las encuestaspesadilla, estaba en modo zombi, completamente destruida tras días sin dormir y ya soñando con excelesdemielda. Yo seguía fresca como una lechuga, muerta de risa con ella, dispuesta a pulir el archivo, cargarlo, probarlo y liberar la encuesta para su aplicación a primera hora de mañana.
Lo que es la vida. Mientras yo mandaba un correo urgente y ella sufría con la base de datos, apareció la luzenlaoscuridad: el dueño de los 100k mejor posicionados y otorgados en la vida. El chico más simpático, sencillo, amable, educado, dispuesto, bienvenido y espantafantasmasinmundosdelmundoentero.
Le dije a mi compañera:
—Te presento al másterdemásteres (no como mi exjefe, claramente).
Le expliqué el problema y, en menos de un segundo, resolvió. Así de simple.
Mi corazón estalló de regocijo. Ese miserablerecuerdo ya ni siquiera llega a la categoría de fantasma. No es que la vida me esté persiguiendo con ellos; me está mostrando la inmensa distancia que he recorrido. Aquellos fantasmas que un día parecieron gigantes hoy apenas son anécdotas. Ya no compiten con mi presente. Ya no tienen poder sobre mí. Ya no ocupan espacio.
Estoy tan lejos de ese sentimiento. Qué paz tan enorme.
Y de pronto me di cuenta: soy toda amor. Gracias, vida, por no dejarme entregarlo a quienes no lo merecen.
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