Vértigo

  • 7/03/2011 12:11:00 p. m.
  • By Wen Rizo ❤️
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La sensación que últimamente me acompaña.

Hace ya varias semanas vinieron de visita mis tíos-padrinos de Juárez. Y yo, que de pronto tengo unas ganas de "Katapú-hasta-el-infinito" de extrañar a mis muertos, me dejé ir. Nos soltamos hablando de Toño y de Andrés.

Me sentí como una esponja, absorbiendo recuerdos y esencias. Mis memorias con ellos son pocas, pero tienen un peso específico, una importancia que el tiempo no ha podido diluir.

Empiezo por Andrés, los recuerdos más recientes. El primero es casi una comedia: aquella vez que vino a Guadalajara y, entre Claudia y yo, logramos lo imposible: perderlo en Plaza del Sol.

El segundo es de mi viaje a Chihuahua. Me recogió en el hotel y, honestamente, se me cayeron los calzones cuando lo vi llegar en ese camionetón, un Lincoln Mark. Ahí conocí a "Tercero". Después fuimos a casa de sus suegros y conocí a su "calidísima" esposa —léase con todo el sarcasmo posible—; me sentí como una chinche, fuera de lugar. Terminamos en el cine viendo una película de terror que me habría bajado los calzones de nuevo, de no ser porque ya los había dejado tirados en la camioneta. Lo que no recuerdo es cómo volví al hotel. Descalzonada, seguramente.

Eso fue hace más de siete años.

A raíz de la visita de mis tíos, contacté a mi prima. Vi fotos de Andrés, su página, sus canciones, sus hijas… y fue como tenerlo enfrente otra vez. No es que lo hubiera olvidado, pero sus facciones se habían vuelto vagas. Ver una foto concreta me devolvió los detalles que el cerebro ya no sabía cómo dibujar: su cara, sus ojos entre azules y verdes, lo guapo que era y, sobre todo, lo amable que siempre fue conmigo. Murió con dolor, víctima de la violencia. Uno más en la cuenta de este país.

Y luego está Toño. Con él conviví mucho más. Fue en mi etapa de secundaria, cuando yo tenía trece años. Mi primer recuerdo, sin embargo, es anterior: un viaje familiar a la playa, en Maeva.

Después, en casa de mi tía, compartimos techo, aventuras y pleitos. Un día me hice una promesa: "Cuando sea grande y pueda tomar mis propias decisiones, vas a ver". Pero ese "después" nunca llegó. Jamás lo volví a ver, ni siquiera en foto. Se mató en su moto.

Esos recuerdos que guardé en el rincón más profundo del corazón están volviendo. No he olvidado su rostro, sus manos, incluso recuerdo la ropa que usaba, sus zapatos y su risa. Son recuerdos extraños: vagos y definidos al mismo tiempo.

Ahora mi prima me ha prometido enviarme fotos de él. Y siento vértigo. Es la idea de volver a mirarlo a los ojos después de casi diecisiete años.

Las preguntas,
las respuestas,
los pensamientos,
los sentimientos...
se quedarán en el aire 
flotando
 como desde
entonces

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