Alegría de vivir

  • 1/17/2026 11:11:00 a. m.
  • By Wen Rizo ❤️
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 Hoy me eché mi lloradita matutina al despertar. Un año más que Juan Mora se fue. Me gusta pensar que por ahí anda todavía, iluminando vidas. Y tal vez sea así, solo que en otra dimensión.

Últimamente pienso mucho en él, en lo que me diría si le contara mis últimas patoaventuras: "pero ahí vas de pendeja" y ya como un recurso desesperado, cuando yo no reaccionaba a sus francas palabras, decía "mírate en el espejo, puedes tener a cualquier pendejo; sobre todo, a uno que te merezca".

Juan Mora era uno de mis mejores amigos de la prepa. Un ser extraordinario con una alegría de vivir que contagiaba. Después del diagnóstico de glioblastoma multiforme (GBM) de grado IV, el más agresivo, mortal y común de los cáncer de cerebro, su actitud y garra hacia la vida no flaqueó, yo diría que se intensificó, se fortaleció con el único propósito de tener tiempo suficiente para ver crecer a sus niñas.

Desde la prepa supe que Juan era un ser de luz, irradiaba. Pero en esta última etapa, vi cómo su espíritu era capaz de soportar más allá de lo humanamente posible. Dolores de cabeza, convulsiones, efectos de sesiones sobrepasadas de quimio y radioterapia,  hemiplejía, una reluciente cabeza tazajeada... y aún así sonriéndole a la  vida, haciéndole al chinguetas, luchando con todo su ser para vencer al tiempo.

Era un tipo simpático, guapo, con unas pestañas chinas que enmarcaban su pícara mirada, con una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida, inteligente, franco, divertido, guerrero. Lo último que hubiera querido en su vida, era causar lástima... lo suyo lo suyo, era la alegría de vivir, lo cómico, el humor negro con el que siempre nos reíamos, con el que casi buleaba.

Su último chiste, fue en su funeral. Recuerdo estar hablando con su mamá, que me contó cómo su mirada se fue apagando. Vamos a verlo, me dijo. Sentí como que me arrastró del brazo. No tenía planeado ver su cuerpo. Yo quería mantener mis recuerdos si esa perra imagen. No tuve tiempo de horrorizarme. No lo reconocí. Ese cara gris, no era la de mi entrañable amigo del alma. Y entonces, alce la mirada. El ataúd, tenía pegada en la tapa una foto tamaño carta de su rostro. Ahí estaba su última gracia: guiñaba un ojo, sonreía. Sonrisa perfecta.

¡Hijueputa! Sonreí. Él te miraba desde esa foto, se reía en tu cara: no lástima, risas, alegría de haber vivido y vencer el tiempo. Le dieron 3 meses de vida, vivió como 5 años más.

Ése era Juan Mora.

Te quiero, cabrón. Ahora tú no te olvides de mí. 😉

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