El mundo es tan pequeño…
Últimamente la vida se ha empeñado en sorprenderme. Personas que creía perdidas en otro tiempo, en otra versión de mí, aparecen de pronto, como si nunca se hubieran ido.
Y qué extraña forma de felicidad esa: la de reconocer a alguien que regresa y sentir que algo dentro también vuelve a su sitio.
Sigo maravillándome de lo breve que puede ser la distancia entre unos y otros, de esos hilos invisibles que nos conectan sin que lo sepamos. Y, al mismo tiempo, me asombra lo contrario: cómo alguien puede estar tan cerca —casi al alcance de la mano— y, sin embargo, alejarse tanto que pareciera que dio la vuelta al mundo para quedar justo al otro lado, de espaldas... en sentido contrario.
Sin volver a vernos... sin encontrarnos.
Hasta que el mundo, pequeño como es, decida cruzarnos otra vez.
O no. Nunca será lo mismo.
Y me alegro.
En diciembre del año pasado conocí a una chava de patines. Quedamos de vernos en Tlaquepaque para unas cosas, y terminamos hablando por horas. Me cayó increíble. Tenía algo familiar… como la vibra de mi amiga Palillo, del call center.
Me parece tan linda, tan transparente, tan poderosa...
Hace poco, entre mis amiguitas y yo, descubrimos que está saliendo con otro amigo. Justo ese que nos confesó que anda de explorador, curando el corazón roto. Y pensé: claro… el mundo es muy pequeño. Y más el mundo sobre ruedas. Un Beverly Hills 90210 cualquiera.
“Confirmo”, me dijo.
Tal vez con un hilo negro, simbólico, atada por fuera del mundo roller… porque lo quiero limpio, ligero, lleno de buena vibra.
0 Comments