Orejas voladoras

  • 5/23/2013 12:11:00 p. m.
  • By Wen Rizo ❤️
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Así le decía porque tenía orejas de soplador, aunque ahora lucen operadas y discretas. Me encantaba.

Hoy nos cruzamos. Iba pasando por mi casa cuando yo salía volando con lOlO para la escuela. Está guapísimo, a pesar de sus 520 años de casado y sus 520 mil hijos telerines. Hay algo en nuestras miradas que permanece intacto, un hilo que nos conecta desde la secundaria.

Al principio me caía en la punta del hígado: era el típico acosador altanero. Pero después, me cautivó. Me causaba mucha gracia el circo que armaba cada vez que me veía para llamar mi atención. Después de pasar ese raro sentimiento de “acoso” que sólo yo sé distinguir, me halagaba su atención, me inflaba el ego… en secreto. Yo, digna ante todo le sostenía mi mejor “cara de piedra” cada vez que lo veía. Una profesional del desprecio.

Una vez, volviendo de la prepa, él estaba ahí, muy galán recargado en su carro. Me habló haciendo shht shh, lo ignoré. Los seseos se multiplicaron. Seguí de largo. Empezó a chiflar, aceleré el paso y lo ignoré. Desesperado por mi indiferencia, encendió el motor y empezó a pitar como loco, arrancó para alcanzarme.

¡Y justo en la esquina, mi salvación! Mi papá pasando en su carro. Me subí de un salto tipo Misión Imposible y, solo cuando estuve a salvo tras el vidrio, le regalé mi mejor sonrisa de victoria. Su cara de congelación fue épica. Se quedó petrificado, estilo estatua de sal.

Después de ese oso, no me volvió a hablar.

Claro que hubo revancha: otro día, el "oso" monumental lo protagonicé yo.

Estaba en mi cuadra con mis amigas, mientras él hacía guardia con los suyos desde la cochera del vecino, sin quitarme los ojos de encima. No recuerdo por qué, creo que jugábamos, pero de repente arranqué a correr y... ¡zaz! Tropezón monumental.

El tiempo se detuvo. Vi el asfalto en alta definición acercándose peligrosamente a mi nariz. Pero mi orgullo pudo más que la gravedad y me negó el azotón. No caí, pero lo que siguió fue casi peor: para evitar irme de boca, me transformé en Sonic:

Corrí el torso completamente doblado, paralelo al suelo en un ángulo absurdo de 90 grados, y los brazos volando rectos hacia atrás como aletas de avión descompuesto. Tuve que meterle turbo a las piernas, corriendo como desquiciada en esa postura ridícula, solo para ganar velocidad y que la inercia me permitiera levantarme.

Fueron los tres segundos más largos de mi vida. Y en medio de ese sprint agónico, alcancé a verlo: tenía una sonrisita maliciosa y los ojos achicados, saboreando con anticipación el momento exacto en que me embarraría contra el suelo.

Por puro milagro de la física, logré enderezarme y frenar en seco, me moría de risa y él sólo observaba con los ojos como plato por la sorpresa, sonriendo como orgulloso de mi hazaña. Podría decirse que el orgullo me levantó, jajaja.

Se quedó con las ganas. Y, en el fondo, yo también.

Años después, mi novio me invitó a una boda. La sorpresa fue total: era su gran boda de "novia embarazada". Ese día murió el "quizás" y nació el "yanuncamás" (insertar aquí el drama nivel de cuando Luis Miguel le habla a su pierna en la película).

Una historia más que se queda ahí, guardada en el congelador de la memoria.

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